Unimos fisioterapia y coach de salud para acompañarte de forma verdaderamente integral. Dos profesionales, dos perspectivas y una misma visión: ayudarte a comprender tu cuerpo y recuperar tu bienestar.
Fisioterapeuta y cofundador de Agni Fitsio. Manish aborda cada caso desde una valoración individual y un tratamiento adaptado a cada persona, combinando terapia manual y ejercicio terapéutico para aliviar el dolor, recuperar la movilidad y volver a la actividad con seguridad.
Hola, querido/a lector/a:
Yo soy Manish, el fisioterapeuta de Agni Fitsio, y aquí te voy a contar un poco más sobre mí.
Nací en Tenerife y, desde entonces, mi familia no paró de mudarse de casa. Año tras año, buscando estabilidad y un hogar, hasta que, a los 8 años, me desestabilizaron la vida. Mis padres se divorciaron inesperadamente y me lo notificaron de un día para otro. En esos momentos lo sostuve “bastante bien” porque ese año escolar (siendo mi nuevo colegio y con compañeros nuevos) gané el premio al alumno más gracioso. No tenía sentido, pero así fue mi mecanismo de supervivencia, y así estuve años bajo esa máscara, ocultando mis verdaderas penas.
Tampoco era muy bueno estudiando, pero en esos momentos hacía lo mejor que podía, como todos. Era juzgado por no ser “listo” académicamente, encima viniendo de orígenes indios, donde se te valoraba por la capacidad cognitiva en la escuela. Vivía con mi madre después de la separación, y la entrada de mi padrastro en casa, con 12 años, supuso que yo me desconcentrase aún más en las asignaturas durante esa evaluación. Estaba roto y no lo sabía.
A los 16, deseando un cambio, separándome de mi madre y acercándome a mi padre, me fui a Pune, India, para probar una nueva vida. Estuve 6 meses, donde tuve la oportunidad de abrazar mis orígenes, los cuales no comprendía mucho viviendo en Europa. Acto seguido, mi tercera estancia fue Londres, donde me desarrollé como adolescente. Gracias a la cultura británica, mis valores y mi enfoque hacia lo que quería hacer en mi vida se fueron desarrollando. Estuve en entornos bastante pasivo-agresivos, los cuales me ayudaron a entender mejor las relaciones.
Ya en la universidad, alejado de mis padres y más cerca de lo que mi corazón quería, mis notas mejoraron muchísimo. Era uno de los mejores estudiantes, algo inimaginable para mí cuando era menor. Y, claro, mi primer tambaleo emocional fue cuando me notificaron que había suspendido unas prácticas y que, si suspendía una vez más, me echaban de la carrera. Los británicos eran estrictos, ¿eh? Pero yo sostuve mi posición cuando me lo comunicaron y actué “bastante bien” (¿recuerdas mi patrón de reacción del niño de 8 años?), pero no estaba bien y se produjo en mí la primera crisis de ansiedad.
Gracias a las fuerzas del Universo y a la capacidad de superación, me gradué en Worcester, Reino Unido. Volví a mudarme a Tenerife, donde trabajé 4 años en varias clínicas privadas, donde sentía un conflicto con lo que yo anhelaba hacer y el sistema en el que me encontraba trabajando: muchos pacientes en una sala, cortos periodos de tiempo con cada uno de ellos y un sistema que se centraba en sacar rentabilidad económica. Había un llamado interno donde sabía que podía entregar mucho más…
En esos entornos ocurría algo muy peculiar que cambió mi visión de la salud. A pesar de los diagnósticos y las imágenes (resonancias, radiografías y ecografías) que las evidenciaban, la mayoría mejoraba con unas pocas sesiones. De hecho, muchos de ellos sufrían una lesión o dolencias por una mala gestión biomecánica y no tanto por la patología en sí.
Algunos otros, que tenían un tono muscular alto en la palpación, mejoraban por el simple hecho de llorar (sin que casi les hubiese tocado). Liberaban emociones que no sabía que tenían un efecto corporal. Ahí fue uno de mis puntos de inflexión.
Por eso, la Fisioterapia que honro tiene una mezcla de mi mundo personal y de dos enfoques diferentes: el británico y el español. Hoy en día, mi misión es ayudar a las personas a concienciarse de su cuerpo y ayudarles a sanar corporalmente a largo plazo.
Hay una frase que me impactó desde que elegí estudiar Fisioterapia y que, a la vez, siento que me representa. Es la siguiente:
“No hay mejor ejercicio para el corazón que bajar y ayudar a alguien a levantarse.”
Coach de salud, cofundador de Agni Fitsio. Su camino comenzó en el entrenamiento personal y se amplió hacia una visión integradora de la salud que une cuerpo y mente: movimiento, respiración, hábitos y gestión del estrés para construir salud a largo plazo.
Su punto de partida es claro: el cuerpo habla, y aprender a escucharlo es el comienzo del verdadero cambio.
Me llamo Raúl y nací en Las Palmas de Gran Canaria, aunque gran parte de mi vida la he vivido en Tenerife, desde los dos añitos.
Siempre fui una persona muy calladita y con mucha vergüenza, que intentaba no hacer ruido y no molestar. No sé en qué momento fui aprendiendo esto, pero, de alguna manera, mientras iba creciendo, esa se convirtió en una de mis máximas premisas.
En el colegio generalmente me iba bien, hasta que llegó la ESO. La carga de estudio era mucho mayor y fue ahí donde empecé a perder tanto notas como autoestima. A medida que avanzaban los cursos, cada vez me fui haciendo más pequeño. Vivía una batalla constante con las notas: aprobar o suspender, y así, año tras año.
Por otro lado, el deporte, especialmente los deportes de raqueta, era algo que disfrutaba profundamente y que, casi por naturaleza, se me daba bien. No era solo deporte, realmente. Era como mi manera de practicar la amistad conmigo mismo. Lo que hoy muchas personas llaman hacer ejercicio, para mí era simplemente jugar. Y, en parte, hoy me sigue pasando lo mismo: muchas actividades físicas siguen siendo mi momento de autoamistad.
Es curioso cómo vamos creciendo y construyéndonos en función de nuestros logros o de nuestros no logros, y cómo de ello depende, muchas veces, nuestra autoestima y nuestro autoconcepto.
Más adelante, al cumplir los 18 años, y con todos los miedos que implica decidir el rumbo de tu vida, me aventuré a estudiar cocina en el País Vasco. Allí aprendí muchísimo y conecté con personas maravillosas. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que aquello no era para mí. Aun así, desde esa misma exigencia y ese autoconcepto que me acompañaban, seguí adelante hasta terminar la formación.
Al finalizar, volví a Tenerife, todavía buscando mi lugar. Poco después dejé la cocina para unirme al negocio familiar, un establecimiento dedicado a la venta de productos naturales.
Esa fue mi etapa más larga: casi diez años de repetición, de monotonía y, sobre todo, de seguridad.
Cuando hoy miro hacia atrás, veo que hay dos patrones que se repetían constantemente. El primero es que aprendí a pelear, a no rendirme, sin detenerme a preguntarme si esa era realmente la batalla que quería conquistar. Simplemente seguía adelante porque, de alguna manera, sentía que mi valía dependía de ello.
El segundo era mi necesidad de seguridad. La buscaba tanto que apenas la trabajaba dentro de mí; la buscaba, sobre todo, en los contextos externos.
Supongo que todos buscamos seguridad. Pero, a veces, lo hacemos a costa de silenciar nuestros mayores sueños. Y entonces me pregunto: ¿qué es una vida sin bailar con la incertidumbre, sin surfear lo desconocido y descubrir hacia dónde nos lleva?
Algo parecido nos ocurrió a todos durante la época del COVID.
En marzo de 2020 nos quedamos en cuarentena y, en un momento en el que la vida nos impedía hacer tantas cosas, a mí me regaló la pausa necesaria para hacerme preguntas fundamentales.
Entre esas respuestas apareció la valentía para comenzar mi formación como entrenador personal (EQF3 y EQF4). Poco después inicié, junto a una compañera, una primera aventura profesional: entrenamientos funcionales y personales en grupos reducidos. Fue una etapa de aproximadamente un año y medio.
A medida que la situación del COVID fue mejorando, en 2021 me reincorporé al negocio familiar y compaginé ambas actividades: una por seguridad y la otra por mi alma.
Mientras entrenaba a personas, empecé a darme cuenta de que el entrenamiento no era la única forma de cuidarse. Había algo más que despertaba mi curiosidad. También comenzaron a surgir muchas preguntas sobre la salud que, en aquel momento, no sabía responder. Era como si una parte de mí sintiera que cuidar la salud era mucho más que entrenar, descansar o alimentarse bien. Pero no era el momento de entenderlo, sino de vivir esa confusión y ese anhelo de descubrir más.
Y la vida, tan sabia como siempre, me regaló esa oportunidad en 2023.
Así como en la historia existe un antes y un después de Cristo, para mí también existe un antes y un después. Mi particular renacer.
Pero no hay un renacer sin morir primero, ¿verdad?
Aquí comenzó una de las etapas más difíciles y, al mismo tiempo, más reales de mi vida.
¿Recuerdas cuando hablaba de la seguridad? De la necesidad de certeza. De querer terminar todas las batallas sin preguntarme si realmente eran las mías.
¿Qué ocurre cuando la vida decide por ti que esa batalla ya no te pertenece? ¿Qué ocurre cuando ya no hay forma de sostener esa falsa seguridad externa?
Era el momento de vaciarme primero para poder llenarme después de mi propia esencia.
Mientras yo no entendía por qué vivía tanta incertidumbre, la vida sí sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
También fue una etapa marcada por la soledad, pero, al mismo tiempo, por la presencia de muchos ángeles que caminaron conmigo y a los que estaré eternamente agradecido.
En 2024, por una mezcla de apertura personal y de esas señales que la vida parece poner delante de nosotros, supe que había llegado el momento de dar el salto de verdad.
Dejé el negocio familiar sin saber exactamente qué iba a hacer, ya con 32 años.
Fue una decisión muy difícil, pero, si soy honesto, llevaba años escuchando una voz interior que me decía que estaba hecho para algo más. Sin embargo, por mantener esa seguridad, decidí no escucharla.
Antes hablaba de esa confusión y de ese anhelo por comprender la salud desde un lugar más profundo. Y fue entonces cuando inicié mi camino como Health Coach y comencé mi formación en el Institute for Integrative Nutrition (IIN).
La formación es maravillosa porque aprendes muchas herramientas y técnicas, pero, en el fondo, quien realmente te forma es la propia vida. A través del autoconocimiento, de la experiencia y del aprendizaje constante, uno va creciendo como persona y, en mi caso, también como profesional.
Y así, siguiendo su propio curso, la vida me regaló uno de los mayores regalos que jamás recibiré: Agni.
Un proyecto que me permite compartir, seguir aprendiendo y dedicarme a algo que siento profundamente innato en mí: acompañar a las personas y seguir explorando uno de los temas que más me apasiona, la salud.
Hoy siento que me conozco más que nunca. Incluso empiezo a reencontrarme con partes de mí que parecían olvidadas.
Puedo ver con claridad que siempre me emocionó comprender la salud desde otro prisma. Entender que cuidarse va mucho más allá de los hábitos y que una mirada profunda puede convertirse en una de las herramientas más bonitas que nos regala la vida.
Porque la salud, para mí, no es un destino, sino un camino de aprendizaje constante.
Este viaje comenzó en febrero de 2025 junto a mi compañero Manish, mi amigo, mi compañero de camino y uno de esos ángeles que la vida puso delante de mí. Compartimos el mismo propósito: experimentar esta vida, aprender de ella y compartir lo aprendido mientras seguimos aprendiendo.
En el hinduismo, Agni es el dios del fuego. Tradicionalmente se representa con dos cabezas: una imagen que, desde el primer momento, sentimos muy cercana. Somos dos socios, dos formas de pensar, dos perspectivas diferentes unidas por una misma visión.
Pero no fue solo esa simbología lo que nos hizo elegir este nombre.
Agni representa el fuego, un elemento capaz de transformarlo todo. Bien utilizado, el fuego ofrece calor, luz y compañía. Esa es la filosofía que queremos honrar.
Aunque no siempre fuimos ese fuego.
Durante mucho tiempo fuimos una llama difícil de controlar: la impaciencia, la intensidad, las ganas de hacer sin saber todavía cómo canalizar toda esa energía. Como cualquier fuego descontrolado, podíamos quemar más de lo que construíamos.
Con el tiempo entendimos que la fuerza no está en arder más, sino en saber hacia dónde dirigir el fuego y en proporcionar un entorno de calidez.
Hoy Agni representa esa transformación. Convertir la intensidad en propósito, la creatividad en valor y la energía en proyectos que iluminan, inspiran y dejan huella en lugar de consumir.
Porque creemos que el verdadero poder del fuego no está en destruir, sino en dar vida a todo lo que ilumina.
Cuidamos de tu salud con la experiencia y la tecnología más avanzada.
Centro sanitario autorizado · Servicio Canario de la Salud, registro nº 9323